DE LA PRIMERA VEZ QUE MONTÉ EN BICI Y ACABAMOS CON UN PERRO PERDIDO EN CASA
Dicen que siempre hay una primera vez para
todo, y dicen que las primeras veces nunca son buenas, no, no hablamos de sexo.
Hablamos de mi primera experiencia en bicicleta. Aunque parezca sorprendente, mi primera vez (en bici) fue con
nada más y nada menos que 22 años. Sí, hace un par de meses, en junio de 2017.
Estaba en Las Palmas de Gran Canaria y mis compañeros de piso y yo nos sacamos
la tarjeta de bicis para poder ir de un sitio a otro en este medio de
transporte tan ecológico y divertido (nótese la ironía de esto último porque yo
lo pasé muy mal).
Hasta aquí todo bien, tres amigos que se
sacan una tarjeta para ir en bici, ¿el problema? ESTA QUE ESTÁ AQUÍ, NO TENÍA NI
PUTA IDEA DE MONTAR EN BICI. Total, ese mismo día cogimos los tres una bici
(cada uno la suya) y nos dispusimos a ir hasta la avenida marítima a montar.
Todo iba bien en los 10 primeros metros, mis amigos asombrados porque mantenía
el equilibrio. Pero, hay algo que fallaba, sí, las curvas. Veo que se acerca
una curva, coches aparcados por todos lados, solo veo que me acerco
peligrosamente a un coche, SÍ, me choqué con él.
La mitad del trayecto hasta la avenida me
lo pasé llevando la bici en vez de llevarme ella a mí. Un puto espectáculo, la
gente me miraba, mis amigos me esperaban mientras se reían, en fin, muy yo.
Llegamos a una plaza y bueno, decidí volver a intentar montar. Fue mucho mejor,
bueno, hasta que casi atropello a una pobre chica que se encontraba en un banco
escuchando música. Por fin llegamos a la avenida marítima, todo el mundo pudo
ver mi cara de horror cuando vi que la avenida estaba llena de víctimas a las
que podía atropellar gracias a mi torpeza, resultado de esto, 100 metros
montada en bici, 900 llevando la bici. Era todo un espectáculo, la gente debía
de pensar, pero ¿qué le pasa? Yo gritando “por
favor no me dejen sola” la gente miraba, mis amigos paraban y se reían, en
fin, toda una tragicomedia.
Llegando con la bici a cuestas a un cruce,
mis amigos y yo nos encontramos a un perro con su pechera y todo eso, lo
agarramos y vemos que no es de nadie así que, llamamos a una amiga veterinaria
y nos dice que lo lleváramos a su clínica para ver si tenía chip. Perdonen por
la expresión que voy a usar, pero la clínica estaba A TOMAR POR CULO, así que
nada, un paseíto (sin bici obviamente) con un perro que no quería caminar y se
paraba cada diez metros a hacer pipí. Llegamos a la clínica y TENÍA CHIP, Otto
se llamaba ese pequeño perrito tan bonito. Pero, todo era demasiado fácil para
que me ocurriera a mí, al llamar al dueño, el número no existe y la veterinaria
nos dice que nos lo tenemos que llevar a casa.
¿En serio? Otro perro más en casa y encima
hay que ir caminando porque en el transporte público no se pueden llevar
perros. 40 minutos hasta llegar a casa con un perro que no quería caminar.
Llegamos a casa y contacta con nosotros una señora que dice ser la dueña del
perro así que le pasamos la ubicación de la casa y se dispone a venir a
buscarlo. A todas estas el perro quería hacer pis en todos los rincones de la
casa, pero ERA TAN BUENO, le cogimos cariño enseguida. ¿El final de la
historia? Super bonito y feliz, llegó la dueña y se alegró muchísimo de verlo,
al igual que el perro a ella. Una bonita historia que podía haber acabado en
tragedia si no fuera porque yo no hubiera decidido aprender a montar en bici
ese día.
RESULTADO DE ESE DÍA. Intentos de
atropellos accidentales a mitad de la población de Las Palmas, una vida
salvada, y muchísimos moretones en todas mis piernas debido a las hostias que
me daba contra los pedales y los coches.
CONCLUSIÓN. Salvamos una vida, pero puse
en peligro otras miles con mi kamikaze intento de montar en bici.
Comentarios
Publicar un comentario